Por Luis Cerezales
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7 de diciembre de 2023
Buenas tardes amigos, cuando Víctor Faba me propuso hablar en esta celebración me puse remolón y le dije que lo iba a pensar; al rato le llamé y le comenté que hablar a bercianos del Bierzo y del Botillo era como si a un maletilla le dejaran debutar en las ventas ante el tendido del siete por San Isidro, así que acepté la oportunidad. Por ello es un placer poder hablar a mis compatriotas de patria chica y a sus amigos e invitados. Mi intervención va a ser sentida porque voy a hablar de nuestra tierra. Podía ser dolida por la suerte adversa en que vive, pero hoy no toca hacer política que la cosa está cruda, y menos a un servidor que va de outsider independiente por la vida y jamás vivió de ese negociado. En todo caso mi intervención va a ser sobre todo festiva pues no quiero agriarles el Botillo que es lo que interesa y nos convoca. Decía Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia, a lo que añado que entonces la memoria de esa infancia es la comida; esa que nos despierta los sentidos y trae el remoto calor de hogar en sus olores y sabores. Especialmente aquellas comidas que además de reconfortar y saciar, consiguen algo que jamás logrará ningún chef estrella con su mejor receta cual es el prodigio de llamar y reunir a las personas queridas. El Botillo tiene esa virtud de la que carecen hasta los tops alimentarios del universo; ni el buey de kobe la tiene, ni el el caviar de Beluga, ni la trufa del Alba e incluso, sintiéndolo mucho, ni el Jabugo más delicioso. Unas comidas triunfan en el paladar y otras también en el corazón, y el botillo es el mejor ejemplo de esa rara fusión. Comer un Botillo en soledad es un martirio, el condimento secreto de su éxito es la compañía. Y es que esta humilde chacina, a la que yo he oído calificar desde terrorismo gastronómico hasta delicia divina, atrae como un pecado, alegra como el gordo por navidad y, de verdad, nos hace mejores a las personas. No hay constancia histórica de que los hartos de Botillo hayan perdido el tiempo tramando perrerías. ¡Ojo! Tiene su peligro porque engancha y nos hace botillómanos, y eso que se disfruta no tiene cura. Lo saben los dietistas por experiencia, no porque pongan mayores pegas a su consumo moderado, sino porque entre todos los sufridores del adelgazamiento distinguen a los bercianos: son esos que les preguntan compungidos si, entre el brócoli cocido y el pescado blanco a la plancha, no pueden meterse algún que otro botillo entre pecho y espalda. Estas cosas nos pasan por haber tenido la fortuna nacer en una tierra mágica. Ser berciano no es un chollo pero sí un privilegio. La bendita poza de nuestra infancia y juventud, la fosa tectónica que dicen los geólogos es mucho más que esa ramplona denominación de comarca, al cabo una pacata y simple división administrativa. El rigor geográfico la consagra como una región natural con todos los atributos, pequeña sí pero una región como la copa de un pino; lo dicho una región y encima mágica. Y ya que es una afición vernácula mirarnos al ombligo, vamos a hacerlo de verdad y ponernos chovinista. Sale gratis y es lo que procede en una concurrencia de bercianos sin complejos alrededor de un Botillo. Tampoco es que esto lo nuestro sea un timbre étnico precisamente, poco podemos presumir de pedigrí los bercianos que tenemos mestizaje a quintales, y lo bueno del trufado es haber conformado nuestro encanto. Al parecer somos aborígenes astures, pero por El Bierzo cayeron Celtas de vago recuerdo, Romanos civilizadores, Vándalos devastadores, Visigodos institucionales e incluso judíos oficiosos. Y a largo de los siglos a El Bierzo han llegado funcionarios cazurros, venteros maragatos, ferrones cántabros, ferroviarios vizcaínos, laborantes andaluces, comerciantes catalanes, industriales alemanes y espías británicos. Tantos recibimos que seguros de que no iban a quedar sin vendimiar las uvas, muchos nos largamos. Nuestra diáspora que aquí en Madrid tiene su epicentro, sabe que ahora emergen generaciones de nuevos bercianos; bercianos que a la vez son portugueses, caboverdianos, dominicanos, colombianos, ecuatorianos, rumanos, pakistaníes o chinos que en unos años serán solo bercianos pata negra y. también, como todos ustedes irremediablemente botillómanos. Nuestra tierra encantada, a la que solo se puede entrar bajando, según dejó escrito el historiador Quadrado, además de acogedor territorio es un maravilloso enclave del exclusivo paralelo 42 Norte, donde solo hay que ver con quienes compartimos la latitud: Rioja, Ampurdán, Córcega, Toscana, Croacia, el valle de las Flores de Bulgaria, la ribera turca del Mar Negro, Ruta de la Seda, Corazón de Japón, Norte de California, Sur de los Grandes Lagos, Nueva York, Pensilvania, Massachusetts y cruzando de vuelta el Atlántico la Ría de Arosa. Imposible estar en mejor nivel. Ese cosmopolitismo horizontal tiene merecido contrapunto en la ensoñación vertebral del Sil que nace en la boreal e idílica Babia de otra cuenca. Solo los dioses saben si escapó con un botín de belleza o fue secuestrado por la providencia para regalar al mundo la escalera de color de las tierras hermanas, Laciana, Valdeorras, Ribeira Sacra, que tienen en El Bierzo la sede de su corazón y el aliento de su alma. Con estas credenciales y compañías, bueno es que reparemos en sus entrañas y su pellejo. En el crisol que ofreció el hierro de todas la edades, el Oro del imperio, la Plata de las monedas, el Cobre de los cables, el Zinc de los tejados, el Plomo de las balas, el Estaño de todas las aleaciones, el Wolframio de los blindajes y hasta el Titanio de una mineral aún no catalogado. Pero por encima de todos ellos el Carbón mineral que alimentó altos hornos, fábricas y cerámicas, puso calor en las calefacciones y cocinas domesticas, y dio luz a la España apagada. Cubriendo esas prodigas entrañas hay un pellejo portentoso cubierto de bosques en un 87% proporción superior a la de Rusia, Canadá, Brasil, Suecia o Finlandia; si El Bierzo fuera una nación sería la tercera más forestada del mundo, solo por detrás de Surinam y Gabón. No solo es la profusión también la excepcionalidad de ejemplares señalados: El Ciprés de la Anunciada, el Tejo de San Cristóbal, el Castaño de Villar de Acero, el Nogal de Espinoso, el Alcornoque de Carucedo, el Evónimo de Rimor… Desde los fresnos de ribera a acebos de altura, hay sotos y bosques de castaños, nogales, hayas, robles, abedules, chopos, pinos, tejos, abetos, olmos… y matorrales de retama, romero, tojo, carqueixa, piorno, brezo, urces y genciana. Desde los secanos a las vegas tradicionales hay cereales, prados, frutales y hortalizas. En este arca de los milagros aún se encuentran peras carujas, ciruelas cojón de fraile, y manzanas Verde doncella. Marcando impronta las exquisiteces del mayor número de denominaciones de origen y sellos de calidad en un mismo lugar de Europa: Vino, Pera conferencia, Manzana Reineta, Castaña, Pimiento y Botillo. Los 14 grados de temperatura media con una precipitación de 670 m/m sin asomo de sequías extremas, explica en parte la legendaria feracidad de sus tierras. En un entorno que atesora dos reservas de la Biosfera, un paraje patrimonio de la humanidad y dos de los pueblos más bonitos de España. Pueblos y parajes que compiten también en extrañezas. En Paxarís se venera a un demonio en la propia iglesia; en Borrenes se dice que los conejos salen a pastar a la carretera; en el Campo de las Danzas bailan las brujas; Colinas del Campo de Martín Moro Toledano con topónimo record de letras o Primout que con ese nombre podía estar al lado de París en vez de escondido del mundo. Y si toca buscar un paraje donde el hombre mejoró la belleza primigenia solo hay que acercarse a Las Médulas. Allí el asombro paisajístico rivaliza con los vestigios romanos de su excepcional obra hidráulica; antes ya estaban las pinturas Rupestres de Librán y Espinareda y los ídolos de Noceda y Villafranca; el Prerrománico en Santo Tomás y Montes; Mozárabe en Peñalba; Románico en Otero, Carracedelo, Carracedo, Corullón y Villafranca; Mudejar en Villafranca; Gótico en Castillo Ponferrada, Carracedo y Villafranca; Renacentista y Barroco en Ponferrada, Cacabelos, los Barrios, Villafranca; Plateresco en Villafranca; Neoclásico en Vega de Espinareda y en San Miguel de las Dueñas; Modernismo en Ponferrada y Bembibre; Racionalismo en Ponferrada y pretencioso Kitsch a raudales por todo El Bierzo, donde los paisanos plasman tanto aciertos como horteradas. Esto es lo que se ve y toca, pero hay otro Bierzo de seres fantásticos, fauna mítica y leyendas oníricas. El de los trasnos, demos, meigas, ninfas, mouros, janinis, ondinas sacauntos, xanas, nubeiros y… lobishomes, o sea los licántropos donde la realidad y el mito se funden con las sangrientas correrías bercianas de Romasanta. El único caso documentado de un hombre alobado y como tal condenado en sentencia judicial; el lobo esa criatura fabulosa de tantos cuentos de miedo que entronca en la fauna berciana con dos reliquias pre glaciares que perviven, el urogallo y el oso pardo. Míticas son también sus leyendas, alguna en la literatura romántica como los amores malditos de Don Álvaro y Doña Beatriz en el contexto histórico del final de la orden de los templarios y El Bierzo como escenario. Otra recurrente es la convicción de que el Arca de la Alianza y el Santo Grial están ocultos en el Bierzo; lo buscaron a conciencia en el inexistente sótano del castillo de Ponferrada y soy testigo presencial de ello. El lago de Carucedo aúna varias leyendas distintas: la que adjudica su formación a las lagrimas de la Ninfa Boronei llorando por el desamor del general romano Casio. La que sostiene que en su fondo permanece sumergida la espada Durandall de Roldán, el paladín de Carlomagno. Y como no hay dos sin tres, de vez en cuando algún lugareño cree ver en el fondo de sus aguas iluminadas a la onírica Ciudad de Lucerna. Los lagos suelen dar mucho de sí sea con el monstruo de lago Ness, o el crimen de la laguna Negra. Fuera del mencionado, en El Bierzo son escasos y siempre sugerentes; al lado de su hermano mayor, en los depósitos del lavado de oro con el mismo origen, el lago Somído nos muestra dos evidencias vivas que vienen de los días del imperio: los nenúfares endémicos que lo tapizan desde entonces, y las tortugas que pueblan sus cercanías como insólitos testigos de aquellos tiempos gloriosos. De los otros lagos, pequeñas lagunas glaciares en los altos de las cordilleras, poco cabe decir cuando con su poético nombre se rompe el molde de la ensoñación, Ojos de mar les llaman. Para romper moldes los personajes bercianos. Esos que nos cruzamos cada día y nos pasan desapercibidos o decimos de ellos simplemente que están como cabras. El Bierzo no destaca por personajes descollantes y notorios pero sí por la singularidad del común de todos ellos, que siendo excepcionales raras veces acceden a la fama y su memoria se conforma con lo anecdótico. Como el comandante Demetrio Zorita, un verdadero as de la aviación que fue el primero en romper la barrera del sonido; o Francisco Méndez-Novoa que trajo de cabeza a la corte de Isabel II pidiendo honores reales por haber resuelto la cuadratura del círculo; o la Monja Etheria, una consagrada que viajó sola en el siglo IV en busca del Paraíso Terrenal y es la auténtica inventora del turismo; o Ángel Pestaña el anarquista de Santo Tomás de las Ollas que echó una bronca en el Kremlin a mismísimo Lenin. Hoy los personajes que destacan por sus hazañas sin precedentes son otros, a los que el tiempo pondrá sin duda también en nuestro particular Olimpo. Raúl Pérez y Ricardo Palacio personifican una generación de magos que arrancaron los vinos del Bierzo de la ramplonería del cubeto y lo pusieron con fortuna en las mesas más exigentes del planeta. Un buen godello pedía las copas del cristal delicado y nuestro Botillo merecía un Mencía de altura. Y con esto volvemos donde comenzamos, en la comida. Donde la Trucha del País se prefiere a besugo y El Marrón Glaseé es un dulce sin Xeito, no debe extrañar que se eche patatas a la empanada, pimentón a la ensalada y castañas a la leche, son también manías nuestras cambiar en el cocido la gallina por la androlla o repugnar de comer el sacro santo pulpo en plato de madera. En una cosa sí somos ortodoxos e inflexibles, el Botillo es como es y no admite experimentos. Lo siento por los optimistas, los romanos no comían Botillo. Tampoco Chindaswinto, ni el Obispo Osmundo, ni doña Urraca ni siquiera Álvaro de Mendaña. Sin el pimentón no hay botillo y hasta bien entrado el siglo XXVII los Jerónimos de la Vera no inventaron estos polvos divinos. Fue ya en el siglo XVIII cuando nuestros antepasados adobaron el mondongo, lo metieron en el estomago del cerdo, lo curaron y obraron el milagro. Es un invento que resiste bien el paso del tiempo y es imprescindible como un abrigo cuando enfría el tiempo. Los bercianos más remotos supervivieron sin el Botillo, claro que eso no era supervivir sino subsistir, y cuando se alumbró la maravilla el mundo, nuestro mundo, se hizo más llevadero y su embrujo se grabó en nuestros genes para herencia de los nuestros y el disfrute de los amigos. ¡Ay el Botillo! tan fácil para dejarse invitar; tan persuasivo para pillar un enchufe, tan excitante en el control de equipajes de un aeropuerto; tan impío para no librarse del gorroneo de los cuñados; tan evocador, tan rico, tan maravilloso para compartir con ustedes. MUCHAS GRACIAS